Vox clamantis
No compraremos nada en Jerusalén, no nos detendremos /en los
mercados.
Lo hemos de cruzar a fin de llegar a unas piedras
iguales que éstas, al otro lado de Jerusalén.
Nos perderemos en la multitud, no queriendo verla,
y, dispersos, cada uno, solo, temiendo dejar esa piedra
que puede ser o puede no ser, hará ensayos
de voz de profeta, barítono para lagartos.
La desnortada soledad, la propia arbitrariedad del camino:
¿quién puede decir, si está solo, que no es el Mesías?
In deserto
No se propone el ave levantándose
demostrar su distancia. La ciudad
es un asterisco, una explosión lenta de retracciones,
de patinadores de espaldas, todos
movidos de lo que no son. Y zigzaguean
intermediarios perros.
Fuera alguien puede levantar la voz, convocar a campanas,
usar y sacudir sandalias, a imagen del lobo perdido.
Cimarrón, no silvestre: el lobo es un perro nostálgico
acomodado a la defensa, débil
corazón con brocal, y miente, porque
¿qué otra cosa podría hacer, con el tráfico en desbandada?
¿Lamerles las manos a los que pretenden huir.
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| Carlos
Piera nació en Madrid en 1942. Es traductor, y profesor de Lingüística
en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado tres libros de
poemas: Versos (Visor, Madrid, 1972), Antología para un
papagayo (Hiperión, Madrid, 1985) y Del que viene como si se
fuera (ídem, 1990); también ha publicado, en Visor-La balsa de la
medusa, un libro de ensayos, Contrariedades del sujeto (1993). |